Crónica de un Deceso

26.03.2018


La vida de los activistas es una constante lucha, el deseo ferviente por un mundo mejor, pero también es un miedo latente, una rebelión en la voz que para muchos es silenciada de raíz.  

El 26 de mayo del 2013 fue el fatídico día, tengo presente esa fecha. Esa tarde salí del despacho una hora antes, pues me había quedado de ver con Ernesto y Juventino en la casa ejidal del poblado de San Juan Amecac. Fue alrededor de las 19:30 p.m. cuando fuimos detenidos de forma arbitraria e ilegal. Apenas habían pasado algunos minutos de haber llegado cuando fuimos interceptados por dos camionetas, sin placas, ni logos de alguna institución. De manera intempestiva bajaron nueve hombres vestidos de civiles, de forma violenta nos sometieron con armas de fuego. Sabíamos que sucederían tarde o temprano, en los últimos días recibimos amenazas. El hecho, no nos extrañó, por eso nos quedamos de ver, pues íbamos a poner una denuncia ante la Comisión de Derecho Humanos.

En México esto ya es costumbre. No debería ser así, pero, a varios activistas ya les había sucedido, entre amenazas, golpes o simples levantones para "recordar" que las cosas deben ser como "ellos mandan", ¡claro que sentimos miedo! pero la incertidumbre fue mayor: ¿qué querían esos hombres? ¿Para quiénes trabajan? Nos hicieron levantar los brazos y entre empujones subieron a Ernesto García y al Comisariado Ejidal, Juventino Tehutle, a una camioneta color blanco; a mí, me subieron en una suburban negra junto con dos tipos, uno de cada lado. Por la ventanilla pude ver la camioneta donde iban mis compañeros. Nos estuvieron paseando durante algunas horas. Nunca respondieron quiénes eran, ni por qué nos habían levantado, mucho menos a dónde nos llevarían.

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Llegué entrada la noche al Ministerio Público (MP), aún traía el coraje entripado y apreté los puños para no contestar los insultos de los agentes, pero ganas no me faltaron. De "pinche indio" no me bajaron. De inmediato se callaron cuanto vieron que el funcionario que estaba sentado atrás del escritorio colgó el auricular del teléfono y se acercó, les ordenó mi traslado a uno de los separos. El ambiente en estos lugares siempre es pesado. No hablé con nadie, hasta que llegara mi abogado ¡y cómo querían que llegara si me tuvieron incomunicado! aquí la libertad depende de unos billetes o de un tipo con el poder suficiente para mover la libertad.

Afuera del MP había gente de los pueblos de San Felipe Xonacayucan y San Juan Amecac, todos estaban encabronados, traían palos y piedras, pues no era para menos; para la gente que nacimos en estos lugares atentar contra la tierra es como si nos cortaran una pierna o un brazo del cuerpo. Además, la detención fue ilegal. Mi familia vino a exigir mi liberación, gritaban que era una injusticia condenar inocentes ¡Por un instante dudé, llegué a pensar que no era así!

En los separos la desesperanza está impregnada en las paredes, se te mete por los huesos y el cuerpo lo sientes blandengue, como si cargaras la injusticia de tantos presos. No pegué los ojos el resto de la noche, la pasé preguntándome ¿dónde estará Ernesto? ¿a dónde lo habrán llevado? traté de reconstruir los hechos una y otra vez, pues pensé que tarde o temprano me llevarían a rendir mi declaración; como estudiante de leyes sabes lo que puede suceder, mis recuerdos fueron ráfagas de cosas, y por más que intenté hilar los acontecimientos sentí que algo faltaba.

A la mañana siguiente me llamó un guardia, bajamos algunos escalones.

A Ernesto lo conocí en la universidad, fue mi maestro de Sociología del Derecho, de ahí nos hicimos amigos, él ya era activista y asesoraba asuntos agraristas a Comisariados Ejidales y a Bienes Comunales de Morelos, Tlaxcala y Puebla.

El funcionario de turno me sacó de mis recuerdos, dijo que el Gobernador quería hablar conmigo ¿el Gobernador? respondí con un dejo de ironía, no lo pude evitar. Pasaban de las 11:00 de la mañana cuando salimos por la parte trasera del MP, nadie del pueblo nos vio, esta vez me llevaron en una camioneta oficial.

Llegamos a la residencia del candidato recién electo Francisco Cendejas, ¡por ese cabrón nadie del pueblo votó! Se rumoró que su partido tenía vínculos con empresas extranjeras y querían construir el gasoducto; el pueblo siempre se opuso.

Había varios hombres custodiando el portón, desde la caseta de vigilancia nos hicieron señas de detenernos. "Traemos el encargo", dijo el oficial que manejaba la troca, nos dejaron pasar.

Lo primero que vi al entrar fue una fuente de mármol, en el centro, dos esculturas de elefantes y de sus trompas brotaban borbollones de agua. El taconeo de una mujer me hizo girar la cabeza. La mujer les dijo a los guardias que entráramos por la puerta trasera. Caminamos por un pasillo que conducía a la terraza, la puerta de cristal se abrió.

El vestíbulo era impresionante, bajé la mirada, todo en mí contrastaba con los lujos del lugar. Miré mis zapatos terrosos, mis manos ásperas y recordé el rostro de mi padre, a mi abuelo hundido en el sol cada mañana con sus manos rudas y agrietadas por la siembra, aquella duda se había disipado ¡de inmediato supe que habíamos hecho lo correcto!

La puerta rojiza con girasoles bellamente labrados se abrió y salió el mismísimo gobernador. Por un momento pensé que me acusaría de insurrecto, de sublevar a la gente, por reclamar nuestros derechos, pero no fue así. El hombre pasó frente a mí, no dijo nada, como si yo no existiera, lo vi alejarse.

Los guardias y yo nos acercamos a la puerta con girasoles pero entré solo; adentro había un señor con traje color azul, camisa blanca y zapatos bien lustrados; en el escritorio había dos portafolios llenos de dinero. El trajeado fumaba un puro, alzó levemente la cara y echó una bocanada. Como queriendo terminar pronto, dijo:

--En esta vida todos tenemos un precio, toma el dinero que quieras y lárgate lejos, pero no quiero ver tu piche jeta en el pueblo, el señor gobernador no quiere agitadores.

El hombre del traje acomodó sus lentes mientras sus labios sostenían el puro, casi se abrieron para decir sin preocupación ­­­

--¡ustedes, qué van a entender de negocios! ¡Qué van a saber de progreso, lo que necesita el país! si son unos ignorantes, solo detienen el desarrollo con ideologías románticas. Ya porque van a la universidad creen que saben, ustedes no entienden nada".

¿Cómo no me iba a encabronar aquellas palabras? Sentí una gran impotencia, de inmediato interrumpí como si la fuerza de todo el pueblo me acompañara --¡Vende patrias! ¡Defender la tierra no es cuestión de ideologías, sino de derechos!

El trajeado se molestó tanto, pero aún así, no cambió su actitud, solo se concretó a decirme: --toma el dinero y lárgate, Ernesto fue más listo que tú, él ya debe de estar muy lejos. --Mentía, porque Ernesto es un activista bien derecho, él sabe lo que significa para nosotros la tierra.-- ¡Son unos mentirosos! --le vomité sus verdades-- ¡Malditos cerdos capitalistas! Miran todo como mercancía barata, no puede ser de otra manera, explotan agua, bosques, playas para su propio enriquecimiento. No se dan cuenta que después no quedará nada.

Ahí fue cuando el trajeado se salió de sus cabales y vociferó --Indio pendejo, toma lo que quieras, de lo contrario --hizo señas al grandulón que estaba parado en la puerta de la habitación. Este obedeció y se paró detrás de mí, con un objeto me punzó la espalda. Supuse que era una pistola, pero como no sabía bien y ya acalorado seguí --Tratan la tierra como si fuera simples cosas que se compran y desechan, como si fueran cuentas de collares, valiosas piedras que se intercambia por espejos. ¡Nuestras tierras no están en venta! Ninguna oferta sería suficiente y ninguna se aceptaría, porque ahí van a vivir nuestros hijos, los hijos de mis hijos, y también los hijos de usted y los hijos de sus hijos. Señor, ya le dije que la tierra no se vende, no es cuestión de ideologías, sino de derechos. No es solo agua. No son solo los ríos, ni árboles: es la sangre de nuestros ancestros que han hecho crecer las semillas, es la casa que alimenta y da vida.

Sentí un dolor intenso en el pecho, intenté continuar, traté de insistir pero un grito se ahogó en la garganta.... el tiempo se paralizó.

La carta de defunción dice que fallecí a las 13 horas con 20 minutos del día 27 de marzo del 2013. El expediente 784/2013/JMM dice con letras rojas "Caso cerrado".

Ése es el único recuerdo que tengo, después, ya no hay más. Todo es tan vago, como si los recuerdos fueran pinceladas de color en un lienzo negro.

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